El río por el que Jerónimo Luis de Cabrera perdió la cabeza

Por Daniel Santos

Jerónimo Luis de Cabrera, gobernador y capitán general y de justicia mayor de estas Provincias del Tucumán, más por ambición que por rebeldía, no hizo caso al virrey Francisco Álvarez de Toledo y en lugar de fundar aldeas en la zona de Salta o de Santiago del Estero como se le había encomendado, siguió más al sur y fundó Córdoba junto al río Suquía.

El clima y la geografía del lugar fueron determinantes, aún pese a llegar en aquel pleno invierno de junio de 1573: el frío salteño o la inhospitalidad de las tierras santiagueñas seguramente lo enamoraron mucho menos que nuestro encantador y serpenteante río.

Tuvo el tupé, como buen conquistador, de querer cambiarle el nombre Suquía que usaban “los indios” (sic) y llamarlo San Juan, porque llegó a él en su día, un 23 o 24 de junio. Todo aquello transcurrió un par de semanas antes de la fundación, formal y cortés, de la ciudad.

Con el tiempo se acomodaron algunas cosas, o por lo menos la del nombre original del río.

Ni idea tenía el noble Jerónimo Luis de que haber desoído las órdenes virreinales le costaría la vida, y la cabeza, un año y un mes más tarde, un 17 de agosto de 1574. La versión de su decapitación en Santiago del Estero es la que se impone, pero también hay quienes aseguran que pudo haber muerto por un –poéticamente llamado– “garrote vil”, después de que su sucesor vendiera a precio ridículo todos sus bienes y le declarara todos los males.

El pobre de Jerónimo ni siquiera llegó a conocer el lugar desde el que su “Cordova de la Nueva Andalucía” (en honor a su mujer andaluza) se haría grande: las famosas 70 manzanas del trazado original recién se dibujarían tres años más tarde, por lo que, cuando el desobediente de Cabrera murió, todavía Córdoba se hacía fuerte en las barrancas del actual barrio Yapeyú.

¿Por qué allí? Porque fue el sitio más conveniente que halló, “en la mejor comarca de los naturales y en tierras baldías, donde ellos no tienen ni han tenido aprovechamiento, por no tener acequias”. Así se detalla en las Actas Capitulares, en un castellano por momentos incomprensible, rubricadas por Francisco de Torres, escribano de Su Majestad.

Jerónimo Luis de Cabrera promulgó el acta junto a un centenar de españoles y algunos naturales, sobre la banda norte del río en la que se construyó el fuerte, pero los siguientes años las condiciones de vida del lugar no fueron tan propicias para querer quedarse.

Desde allí salieron nuevas expediciones, y se utilizó como refugio de ataques de los originarios. El mismísimo fundador quiso perseguir el Oro de los Césares un poco más allá, o encontrar la salida al “Mar del Nord” (el Atlántico), que creyó que estaba en la laguna de Mar Chiquita.

Al momento de mudarse “al centro” (aunque el centro entonces estaba junto al río, a tres kilómetros de distancia), la población cordobesa estaba diezmada. Los nuevos mandantes pensaron la nueva Córdoba sin su fundador, y el río que lo había enamorado quedó de espaldas a la ciudad.

En aquel lugar original, marcado con un sauce deshojado y desramado, que Jerónimo Luis de Cabrera cortó con su propia espada y mandó a mudar como señal de posesión, exigió poner la placa fundacional, y dictaminó que se ejecute públicamente allí la Real Justicia a los malhechores, en el rollo o picota que se utilizaba para exponer reos o las cabezas o cuerpos de los ajusticiados.

Todo quedó rápidamente en el olvido, y probablemente permanecer alrededor de aquel fuerte hubiera significado el certificado de defunción de una ciudad, a poco de nacer. Era necesario, en fin, un nuevo principio.

Treinta cuadras más allá, la Plaza Mayor se convertiría en el corazón de la nueva Córdoba, que aún recuerda y homenajea a su fundador, pese a que conoció poco y nada de ella.

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